Hay Soluciones a La Minería Ilegal?


Read original article by Katy Ashe* from Stanford University News here

Repentinamente la selva llega a su fin. Un polvo como de huesos me quema las fosas nasales. Estamos en un vasto desierto…descubro una escena apocalíptica: Enormes cráteres de tierra cubiertos de equipo minero. Mineros auríferos ilegales en harapos, motores succionando el barro en largas mangueras. Rostros de mineros cubiertos de aceite de motor y tierra en 18 horas de trabajo diarias. Esta es la escena de cada mañana en las minas ilegales de Madre de Dios, Perú.

He venido a esta zona a estudiar los niveles de mercurio de la población causados por la minería. Los mineros usan mercurio para sacar las diminutas piedritas de oro del barro. Unas 40 toneladas de mercurio se usan cada año. La toxina entra en los alimentos, en el agua, en el aire envenenando todo a su paso aún a quienes no viven cerca de la zona.

Una Mina de Biodiversidad

Madre de Dios es un vibrante santuario de especies que rápidamente van desapareciendo debido a la minería aurífera expandida en los últimos años por los altos precios del oro y la crisis económica global.

La minería ilegal en Perú emplea a unas 100,000 personas a nivel nacional en una industria avaluada en 640 millones de dólares al año. Como 330 nuevas personas llegan a diario en busca de trabajo, por lo general de las pobrísimas poblaciones de la sierra.

Según el mismo gobierno peruano más de 500,000 hectáreas de selva se ha destruido por la minería, pero grupos de medio ambiente dicen que en realidad es más, la deforestación se ha triplicado en los últimos anos. Las zonas mineras parecen desiertos de EEUU, llenos de suburbios con residencias, prostíbulos, restaurantes y clubes nocturnos construidos de telas negras.

La actividad empieza a media noche, en el día los residentes ya destruyeron el eco sistema más diverso del planeta. Los daños son obvios, una selva quemada, ríos con desperdicios, tierras llenas de mangueras de alta presión. Ríos de barro tóxico que salen de la mina de oro del Rio Huaypetue se mezclan con los ríos de la Amazonía peruana.

Hay borrachos en corredores principales a toda hora. Mujeres sentadas en sillas de plástico invitan a sus prostíbulos. Niños sucios juegan en pozos contaminados con mercurio, tirándose objetos oxidados de metal. Trato de quitarle este peligroso juguete a un bebé y su madre me acusa de tratar de robarle el juguete.

Yo vengo de un mundo donde cuando se quiebra un termómetro de mercurio en el colegio, todo el salón es evacuado y luego limpiado por un equipo especializado en materiales peligrosos. Este niño vive en un mundo donde el mercurio es un laxante aceptable, el increíble peso de este metal esencialmente mueve todo fuera del tracto digestivo.

El mercurio se ha usado en la minería aurífera desde el tiempo de los Incas. Pero lo que se ve hoy es devastador. En las minas se desconoce cómo tratar al mercurio apropiadamente. Los mineros lo cogen con sus manos y lo mezclan con los pies en baldes de barro. Una vez que se extrae el oro de esta mezcla, se calienta el mercurio en una sartén, el vapor que se respira es increíblemente peligroso. Supersticiones locales hacen que se resista a las tecnologías de reciclado del mercurio. Ya que esta minería es ilegal es imposible que se intervenga con programas educativos.

Encuesta de Salud

La encuesta que usé para interrogar a cientos de personas consistía en cinco simples preguntas que requerían una respuesta de sólo una palabra, pero frecuentemente me contaban historias.

Un hombre de mediana edad envejecido está en la oficina del médico. Su rostro cubierto del polvo de las minas, sus manos cuarteadas resultado de las largas horas de trabajo con maquinaria pesada. Sus ojeras sugería que acababa de terminar el turno de la noche. Cuando le pregunte si podía participar en mi encuesta de contaminación con mercurio, hizo una mueca triste. Parecía desconsolado pero obligado. Le pregunte: Qué edad tiene?, Dónde vive? Me detuvo en medio de mis preguntas, me cogió el brazo y me miró a los ojos: “Seguro que me va a preguntar con qué frecuencia como pescado?” y efectivamente así fue. Me empezó a contar una larga historia de cómo había llegado a estos campos mineros.

Él sabía de mis preguntas, fue profesor de medio ambiente en la sierra. En un curso enseñaba a sus alumnos la naturaleza destructiva de la minería artesanal, pero se quedó sin trabajo por cortes de presupuesto. Suplicó perdón, explicó como buscó otro trabajo antes que la minería, pero eventualmente cayó en la promesa de la eventual y temporal seguridad financiera. “Tiene que entenderme” me dijo, “No tenía otra!”. Frecuentemente las personas que entrevisté me pedían perdón o ayuda.

Mujeres me pedían medicina para sus niños. Prostitutas usualmente más jóvenes que yo, desconfiaban de mí, una absoluta extraña, después de todo lo que ellas pasan. “Les gustaría participar en mi estudio?” pregunté a una docena de jóvenes sentadas frente a un prostíbulo. Todas se reían de mi acento. “Eres de EEUU?” me preguntó una. “Si!” contesté volviendo a preguntar si participarían en mi estudio. Eran menores de 18, las normas de mi investigación me prohíbe usarlas en mi estudio por protección a menores, pero ellas ya estan envueltas en una vida de prostitución. Se quedaron apenadas de no poder participar, pero me pidieron quedarme y conversar.

Prostíbulos y Prostitución

Las jóvenes llegaron a ese campamento informadas de que se necesitaba personal para restaurantes y de que pagaban muy bien. Amigas desde las sierras, subieron a un ómnibus y llegaron. No hallaron lo que esperaban. Los restaurantes de los campamentos mineros sirven comida sólo unas pocas horas al día, el resto del día eran ellas mismas las que se ofrecían en el menú. Sin dinero para poder regresar quedaron atrapadas en prostitución.

“Estamos ganando muy bien” dijo una mirando a sus zapatos avergonzada. Otra dijo: “No es que vamos a quedarnos aquí por más de un mes”. El resto repitió lo mismo. La enormidad de su situación se leía en sus rostros cuando quedaban en silencio contrario a sus iniciales burbujeantes preguntas acerca de mis artistas favoritos. Todas escribieron sus e-mails en un papel y me pidieron mantener el contacto antes de irme.

La historia es común. Se estima que 1,200 adolescentes entre 12 y 17 son frecuentemente forzadas a la prostitución. Por lo menos un tercio de las prostitutas son menores de edad. Si las mayores algo indican es que quizá se quedan más tiempo del que esperaban. Es difícil escaparse de estos campos. Los mineros avisan al proxeneta que las usa, guardianes armados protegen todos los caminos. Aún si fueran libres de escapar, nunca cuentan con dinero.

Cuando pregunté a otras mujeres prostitutas cuánto tiempo vivían allí, sus ojos se extendían de asombro ante la realización del tiempo que había pasado. “Dos años, he estado aquí dos años” dijo una jalándose los cabellos. Esa era la respuesta común que escuché de mineros y prostitutas ante la misma pregunta.

“No era mi intención quedarme tanto tiempo,” me dijo un minero que había estado en el campamento por 18 meses. El tiempo no tiene fin en un lugar tan monótono de días largos y constante ruido de los motores de la mina.

El minero promedio sólo se queda dos años en las minas, suficiente para ahorrar algo de dinero y regresar al hogar a iniciar un pequeño negocio o estudiar. Generalmente los sueños son modestos. “Quiero poner un pequeño restaurante,” explicó un minero joven de algo más de 20 años. “Un lugar pequeño, nada de lujo, un lugar seguro donde pueda iniciar una familia.”

Muchos hablan con nostalgia de sus villas en los cerros, donde la vida es más simple y menos peligrosa. Tuve suerte de tener acceso a estos campamentos de minería ilegal, pasar por los guardias armados y las entradas, la intención es mantener fuera a los extraños. Mi guardián era un medico jovial muy querido en el campo por proveer consejos a las embarazadas y a los enfermos de las minas sin costo alguno.

El Juego de la Culpa

Mi investigación cayó en medio de un debate político. En la capital de la ciudad de Madre de Dios Puerto Maldonado, grupos indígenas locales realizaron una protesta usando megáfonos: “Nos están envenenando!, están usurpando nuestras tierras!”. Mineros llegaban a refutarles: “Entonces como el mercurio a mí no me ha hecho daño!” o “Necesitamos trabajo para sobrevivir!”. Era una contienda de gritos que se esparcían por la región y que no conlleva a ninguna solución, pero deja al descubierto la desesperación del sufrimiento humano.

A quién culpar por esta catástrofe? Culpar a los mineros ha sido más fácil y conveniente, pero no más efectivo.

En el 2010, el Ministerio Peruano de Medio Ambiente emitió estrictas restricciones para la minería de esta región. Esto provocó un problema, se tuvo que usar tropas para tratar de remover a los mineros por la fuerza. Aún cuando se remueven, muchos otros miles llegan a llenar los puestos vacíos. Un estudio reciente muestra que la deforestación en el área es cada vez más rápida. Si el mercurio sigue disponible a bajos precios más personas entraran en la minería. El oro provee de dinero a la situación de la sierra, suficientemente pobre para mantener esta industria ilegal o no. Pero si la pobreza y la codicia son interminables, el mercurio no lo es. Perú importa casi todo el mercurio que se usa en el país. Casi 280 toneladas en el 2010, más del 95% se usa en las minas artesanales. Sería muy fácil para el gobierno detener este acceso.

Y aunque Perú promulgue eficientes leyes que detengan la minería ilegal, cuál sería el destino de los 30,000 mineros? La solución no es simple, pero hay algo muy claro, se necesita terminar con el juego de la culpa.

*Resumen traducido del artículo de Katy Ashe, estudiante graduada en ingeniería medio ambiental de la Universidad de Stanford quien llega a la selva amazónica del Perú en motocicleta para hacer este estudio.

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